No os he terminado de contar lo que supuso para mí, para toda mi familia y especialmente para una de sus compañeras, la muerte de Markus.
Lo enterramos en casa, y cuando terminamos, abrimos la verja del lugar en donde fue enterrado. En ese mismo momento una de sus compañeras, se tumbó al ladito de su tumba y ya no se movió de allí. Muchas veces en las frías noches de Diciembre y Enero
Tenía que ponerle la correa para traérmela a la fuerza, otras veces lo tenía que hacer para que comiera pero en cuanto me despistaba allí estaba, tumbadita con su cabecita en el suelo mirando tristemente a 20 centímetros de donde estaba enterrado su compañero.
Ya nunca se movió de allí. Allí murió tres meses y dos días después que Markus mi querida Aika. Allí murió a las 12’30 del medio día entre mis brazos, porque ni siquiera ya quiso ponerse de pie para que la pudiese llevar al veterinario.
Y yo estaba tan deprimida llorando la muerte de el, que apenas lloré la muerte de ella.
(Hoy la lloro). Y me entristece enormemente lo mucho que se pierden algunos seres humanos, que deberían llamarse inhumanos, porque si se parasen un poco a respetar a observar a cuidar a los animales, se darían cuenta que de ellos se aprende mucho.
Se aprende hasta. Amar.
Junto a ellos también enterré a sus otros compañeros mi fiel Ron y mi querida Corita
A la que tuve que tomar la gran decisión de sacrificar el año pasado. Decisión que no le deseo a nadie que tenga que tomar.
Cerquita de mi están mis cuatro rojos y negros.
Pero como os dije antes, no seria justo solo una vela. Porque antes que ellos hubieron otros a los que amé y me amaron hasta su muerte.